
Cuando hablamos de fertilidad solemos centrarnos en las técnicas médicas: tratamientos, tasas de éxito, pruebas diagnósticas o protocolos clínicos. Sin embargo, quienes atraviesan un proceso de reproducción asistida saben que la experiencia va mucho más allá de lo médico.
Detrás de cada consulta, de cada prueba o de cada intento, hay emociones muy intensas: esperanza, incertidumbre, ilusión, miedo o incluso frustración. Por eso, cada vez hablamos más de algo que durante años ha quedado en un segundo plano: el acompañamiento emocional durante el proceso.
Entender que la fertilidad también tiene una dimensión psicológica no significa restar importancia al tratamiento médico. Al contrario: significa reconocer que ambos aspectos forman parte del mismo camino.
El impacto emocional de los procesos de fertilidad
Intentar tener un hijo y encontrar dificultades puede generar una carga emocional considerable. La incertidumbre sobre los resultados, los tiempos de espera o la sensación de pérdida de control pueden afectar al bienestar psicológico de quienes lo viven.
Una investigación publicada en la revista científica Human Reproduction señala que aproximadamente el 40 % de las mujeres con infertilidad presentan síntomas de depresión clínicamente significativos durante el proceso, lo que refleja el importante componente emocional asociado a las dificultades reproductivas¹.
Esto no es sorprendente si pensamos en todo lo que implica: decisiones importantes, expectativas personales, presiones sociales e incluso la gestión de información médica compleja. Muchas veces, además, las personas sienten que su entorno no termina de comprender lo que están viviendo.
Por eso, cada vez más especialistas insisten en la importancia de integrar el apoyo psicológico dentro de los tratamientos de fertilidad. No como algo opcional, sino como una parte más del cuidado integral.
Acompañar también significa escuchar
El acompañamiento emocional no consiste únicamente en “sentirse mejor”. En muchos casos, tiene que ver con disponer de un espacio seguro donde poder expresar dudas, miedos o expectativas sin sentirse juzgado.
Profesionales de la psicología especializados en reproducción señalan que hablar abiertamente de lo que ocurre durante el proceso ayuda a gestionar mejor la incertidumbre y a reducir la sensación de aislamiento que a veces aparece. Destacan que verbalizar las emociones puede facilitar la adaptación a las diferentes fases del tratamiento². La Sociedad Española de Fertilidad subraya que este tipo de acompañamiento psicológico, mediante psicoeducación y pautas emocionales específicas para cada fase del tratamiento (como la gestión de expectativas, la beta espera o malas noticias), se traduce en una menor tasa de abandono de los tratamientos y una mayor tasa de embarazos y nacidos vivos frente a quienes solo reciben atención médica rutinaria³.
También es importante entender que no todas las personas viven el proceso de la misma manera. Algunas necesitan hablar mucho sobre ello; otras prefieren mantenerlo en un círculo más íntimo. Ambas formas de afrontarlo son válidas.
El objetivo del acompañamiento no es marcar cómo debe sentirse alguien, sino ofrecer herramientas para transitar el proceso de la forma más saludable posible.
El papel del entorno cercano
Además del apoyo profesional, el entorno personal también juega un papel importante. Pareja, familia o amistades pueden convertirse en una red de apoyo fundamental si existe comprensión y empatía.
A veces basta con gestos sencillos: escuchar sin presionar, respetar los tiempos de la persona o evitar preguntas que puedan resultar incómodas. Frases bienintencionadas como “relájate y ya llegará” o “seguro que pronto lo conseguirás” pueden generar más presión de la que imaginamos.
Comprender que cada proceso tiene su propio ritmo ayuda a crear un entorno más respetuoso y emocionalmente seguro.
La reproducción asistida ha avanzado enormemente en las últimas décadas, ofreciendo cada vez más opciones y mejores resultados. Pero, junto a los avances médicos, también ha crecido la conciencia sobre la importancia del bienestar emocional durante el camino.
El acompañamiento psicológico, el apoyo del entorno y el acceso a información clara pueden marcar una diferencia significativa en cómo se vive todo el proceso. No porque eliminen las dificultades, sino porque ayudan a afrontarlas con más herramientas y menos sensación de soledad.
Al final, hablar de fertilidad no debería limitarse a los tratamientos. También implica hablar de las personas que los atraviesan, de sus emociones y de la importancia de sentirse acompañadas en cada paso del camino.
Referencias:

Cuando escuchamos por primera vez términos como inseminación artificial, fecundación in vitro o vitrificación de óvulos, es normal que surjan dudas. A veces incluso cierta sensación de vértigo. Son palabras que cada vez más forman parte de nuestras conversaciones, pero no siempre sabemos realmente qué implican.
La realidad es que en España la reproducción asistida ya no es algo excepcional. Hoy, más del 10 % de los nacimientos en nuestro país se producen gracias a estas técnicas¹. Detrás de ese dato no solo hay avance científico, sino historias reales: personas que han decidido no dejar su proyecto reproductivo al azar y buscar acompañamiento cuando lo han necesitado.
Cada vez planificamos más nuestra vida —los estudios, el trabajo, dónde queremos vivir— y también empezamos a planificar, de forma más consciente, nuestra fertilidad. Informarse no significa adelantarse ni alarmarse; significa entender qué opciones existen para poder decidir con tranquilidad.
Por eso quiero explicarte, de manera clara y cercana, en qué consisten las principales alternativas: la inseminación artificial (IA), la fecundación in vitro (FIV) y la preservación de la fertilidad. Porque comprenderlas es el primer paso para tomar decisiones desde la información y no desde la incertidumbre.
¿Cuándo se recomienda acudir a reproducción asistida?
Antes de entrar en las técnicas concretas, me parece importante aclarar algo que genera muchas dudas: ¿cuándo podemos hablar realmente de un problema de fertilidad?
Según la definición de la Organización Mundial de la Salud, se considera infertilidad cuando no se logra un embarazo tras 12 meses de relaciones sexuales regulares sin protección². Es un criterio médico que nos sirve como referencia, pero cada historia es diferente y no siempre hay que esperar exactamente ese tiempo si existen dudas o antecedentes que aconsejen consultar antes.
En España, entre el 15 % y el 17 % de las parejas en edad reproductiva experimentan dificultades para concebir¹. Y algo que conviene recordar es que la fertilidad no depende solo de la mujer: las causas pueden ser femeninas, masculinas, combinadas o, en algunos casos, no identificarse con claridad.
Consultar no significa empezar automáticamente un tratamiento. Muchas veces el primer paso es simplemente entender qué está ocurriendo. Un estudio adecuado y un acompañamiento médico personalizado permiten valorar opciones con calma y decidir cuál —si es que alguna— es la más adecuada en cada caso.
Inseminación artificial (IA): un procedimiento sencillo y menos invasivo
La inseminación artificial suele ser una de las primeras opciones que valoramos cuando existen dificultades para lograr un embarazo. Es una técnica relativamente sencilla que consiste en depositar en el útero una muestra de espermatozoides previamente preparada en el laboratorio, en el momento más adecuado del ciclo.
Se recomienda, por ejemplo, cuando hay alteraciones leves en el semen, dificultades en la ovulación, casos de infertilidad de origen no filiado o cuando se recurre a semen de donante. Es un procedimiento ambulatorio, poco invasivo y, en general, bien tolerado. En algunos casos se acompaña de una estimulación ovárica suave para favorecer la ovulación y optimizar las posibilidades.
En nuestro país, la probabilidad de embarazo por ciclo de inseminación artificial se sitúa en torno al 10–20 %¹. Más allá del número concreto, lo importante es entender que no se trata de una solución inmediata, sino de un proceso que puede requerir varios intentos y una valoración individualizada.
Fecundación in vitro (FIV): cuando necesitamos un paso más
La fecundación in vitro es una técnica más compleja que la inseminación artificial y suele plantearse cuando necesitamos aumentar las probabilidades o cuando existen determinadas causas médicas que dificultan el embarazo de forma natural. El proceso consiste en estimular los ovarios para obtener varios óvulos, fecundarlos en el laboratorio y, unos días después, transferir al útero el embrión con mejor evolución.
En algunos casos se utiliza una variante llamada ICSI, en la que se introduce un espermatozoide directamente dentro del óvulo. Esta técnica resulta especialmente útil cuando existen alteraciones importantes en la calidad seminal.
La FIV puede estar indicada cuando hay obstrucción de trompas, endometriosis moderada o avanzada, alteraciones significativas del semen, cuando no se ha logrado embarazo tras varios intentos previos con inseminación o cuando se utilizan óvulos previamente vitrificados. Cada indicación responde a una situación clínica concreta, y por eso la valoración individual es fundamental.
En España, la probabilidad de embarazo por transferencia embrionaria en FIV con óvulos propios se sitúa en torno al 30–40 % por intento¹. Como ocurre en todos los tratamientos de fertilidad, el pronóstico depende de distintos factores médicos y personales, por lo que es importante abordar cada proceso con expectativas realistas y acompañamiento especializado.
Preservación de la fertilidad: ampliar el margen de decisión
En los últimos años, cada vez más personas se plantean preservar su fertilidad. La técnica más conocida es la vitrificación de óvulos, que permite congelarlos para utilizarlos más adelante, cuando las circunstancias personales o médicas sean más favorables.
Esta opción puede estar indicada antes de iniciar tratamientos médicos —como algunos oncológicos— que puedan afectar a la función ovárica. Pero también es una decisión que algunas mujeres toman por motivos personales, cuando desean posponer la maternidad sin renunciar a la posibilidad biológica.
Actualmente, más del 90 % de los óvulos sobreviven al proceso de congelación y descongelación³, lo que ha convertido esta técnica en una herramienta segura y eficaz dentro de la medicina reproductiva.
La preservación no es una garantía, pero es una manera de alinear mejor los tiempos biológicos con los tiempos personales y profesionales.
La reproducción asistida ha avanzado de forma extraordinaria en las últimas décadas y hoy ofrece más posibilidades que nunca. Pero, más allá de la técnica concreta —inseminación artificial, fecundación in vitro o preservación—, es importante recordar que no existe un único camino válido. Cada persona, cada pareja y cada historia reproductiva es diferente, y por eso las decisiones no deberían basarse en comparaciones, sino en una valoración individual y acompañada.
Hablar de tratamientos de fertilidad no es hablar de fracaso, sino de opciones. Informarse, consultar con profesionales especializados y comprender la propia situación médica permite tomar decisiones con mayor serenidad. Al final, la tecnología es una herramienta; lo verdaderamente transformador es poder elegir desde el conocimiento, la confianza y la tranquilidad.
Referencias:

Hablar de fertilidad no siempre es fácil. A lo largo de mi experiencia, he visto cómo términos como endometriosis, síndrome de ovario poliquístico (SOP) o varicocele generan muchas dudas, miedos e incertidumbre. Son palabras que aparecen con frecuencia en consultas médicas y búsquedas en internet, pero entender qué significan realmente —y cómo pueden afectar a la capacidad reproductiva— es fundamental para tomar decisiones informadas y mirar al futuro con más calma.
Quiero contarte, de forma clara y cercana, cómo estas condiciones pueden influir en la fertilidad y, sobre todo, transmitir un mensaje importante: tener un diagnóstico no significa perder la esperanza.
Endometriosis: cuando el tejido uterino crece fuera del útero
La endometriosis es una enfermedad compleja en la que el tejido endometrial —el que normalmente recubre el interior del útero— crece fuera de él, provocando inflamación crónica y, en muchos casos, dolor. Se estima que afecta aproximadamente al 3–10 % de la población general, y que hasta el 50 % de las mujeres que tienen dificultades para concebir pueden presentar endometriosis¹.
Estas cifras pueden asustar al principio, lo sé. Pero es importante dejar algo muy claro: tener endometriosis no significa que el embarazo sea imposible. Existen diferentes opciones para mejorar la fertilidad, desde tratamientos médicos y cirugía para restaurar la anatomía pélvica hasta técnicas de reproducción asistida. Cada caso es único, y contar con un buen acompañamiento médico marca la diferencia.
SOP: un trastorno hormonal con impacto en la ovulación
El síndrome de ovario poliquístico (SOP) es un trastorno hormonal que puede alterar el ciclo menstrual y dificultar la ovulación. Se calcula que entre el 6 % y el 13 % de las mujeres en edad reproductiva lo presentan, y que hasta un 70 % de ellas aún no han sido diagnosticadas².
Muchos estudios muestran que alrededor del 72 % de las mujeres con SOP refieren dificultades para concebir³, lo que explica por qué este diagnóstico genera tanta preocupación. Aun así, quiero insistir en algo fundamental: el SOP no cierra la puerta a la maternidad. Con cambios en el estilo de vida, tratamientos hormonales o técnicas de estimulación ovárica, muchas mujeres logran embarazos espontáneos o con ayuda médica.
Varicocele: cuando la fertilidad masculina también cuenta
El varicocele es una afección masculina caracterizada por la dilatación de las venas del cordón espermático, que puede afectar la producción y calidad de los espermatozoides. Es más frecuente en hombres jóvenes (entre 15 y 25 años)4 y, aunque no todos los casos requieren intervención inmediata, puede convertirse en un factor determinante cuando se buscan resultados reproductivos.
El tratamiento del varicocele, que incluye cirugía o técnicas mínimamente invasivas, puede mejorar la calidad del semen y aumentar las probabilidades de embarazo, mostrando que la fertilidad masculina también puede optimizarse con estrategias adecuadas.
Un enfoque integral y esperanzador
Endometriosis, SOP y varicocele son condiciones que pueden influir en la fertilidad, pero no la determinan de manera absoluta. La clave está en la información, la evaluación médica oportuna y la planificación consciente. Conocer estas condiciones permite a las personas y parejas anticipar dificultades, explorar opciones y tomar decisiones fundamentadas sobre su camino reproductivo.
En la práctica, la fertilidad no es un destino fijo, sino un recorrido que puede ser acompañado, tratado y optimizado. La combinación de prevención, diagnóstico temprano y tratamientos personalizados abre un abanico de posibilidades: desde concebir de manera natural hasta aprovechar las técnicas de reproducción asistida con éxito.
Comprender estas condiciones y actuar con información es, en definitiva, recuperar el control sobre la propia fertilidad y encarar el futuro reproductivo con seguridad, esperanza y libertad de decisión.
Referencias:

Cuando hablamos de fertilidad, pocas veces lo hacemos desde los datos. Normalmente lo hacemos desde la experiencia personal, desde lo que vemos a nuestro alrededor o desde aquello que damos por hecho: que cuando llegue el momento, todo irá bien. Sin embargo, las estadísticas actuales sobre fertilidad nos invitan a mirar esta realidad con un poco más de perspectiva.
La fertilidad se ha convertido en uno de los grandes temas de nuestro tiempo, no solo por su impacto demográfico, sino porque influye directamente en decisiones vitales tan importantes como cuándo y cómo formar una familia. Hoy, tener hijos ya no responde a un patrón único ni predecible. Los ritmos han cambiado, las circunstancias también, y la biología —aunque sigue ahí— a menudo queda en un segundo plano.
Hablar de datos no es hablar de presión. Para mí, es una forma de ofrecer contexto y acompañar mejor las decisiones que cada persona toma a lo largo de su vida reproductiva.
La fertilidad en el mundo: una tendencia a la baja
A nivel global, la tasa de fecundidad —el número medio de hijos por mujer— ha disminuido de forma sostenida en las últimas décadas. Según organismos internacionales como el Banco Mundial o la Comisión Europea, la fecundidad mundial se sitúa actualmente en torno a los 2,3 hijos por mujer.
Esta tendencia no es homogénea, pero sí muy clara en Europa. En la Unión Europea, la tasa de fecundidad alcanzó en 2023 uno de sus mínimos, situándose en torno a 1,38 nacimientos por mujer. Son cifras que a menudo se asocian a debates sobre envejecimiento poblacional o sostenibilidad económica, pero que en realidad reflejan algo mucho más cercano: cada vez más personas tienen menos hijos de los que imaginaban o retrasan la decisión de tenerlos hasta etapas más avanzadas de la vida.
Detrás de estos números hay historias personales, decisiones meditadas y, en muchos casos, circunstancias que no siempre dependen de un deseo consciente de posponer la maternidad o la paternidad.
Retraso en la maternidad: una tendencia consolidada
Uno de los factores que más claramente explica el descenso de la natalidad es el retraso en la edad a la que se tiene el primer hijo. En países como España o Italia, el primer hijo llega hoy, de media, en torno a los 32 años.
Este retraso responde a muchos factores que forman parte de nuestra realidad cotidiana: más años dedicados a la formación, inestabilidad laboral en las primeras etapas profesionales, dificultades para acceder a una vivienda o mayores exigencias de conciliación. La maternidad ya no se vive como un punto de partida, sino como una decisión que requiere una base sólida previa.
Lo que a veces olvidamos es que la fertilidad biológica sigue un ritmo distinto. A partir de determinadas edades, la probabilidad de concebir disminuye progresivamente, incluso en personas sin problemas de salud aparentes. Este desfase entre el calendario social y el biológico tiene un impacto directo en la planificación familiar y explica por qué muchas personas se enfrentan a dificultades que no esperaban.
Infertilidad: una realidad frecuente y global
En este contexto, la infertilidad emerge como un factor clave que con frecuencia se subestima. Según la Organización Mundial de la Salud, aproximadamente una de cada seis personas en el mundo experimenta infertilidad a lo largo de su vida. Este dato ayuda a normalizar una realidad que durante mucho tiempo se ha vivido en silencio.
La infertilidad puede afectar tanto a mujeres como a hombres y no distingue entre países ni niveles de ingresos. Muchas personas descubren que concebir no es inmediato cuando deciden buscar un embarazo, y en esos casos el tiempo vuelve a convertirse en un elemento decisivo. Iniciar la búsqueda en edades más avanzadas puede reducir el margen para el diagnóstico, el acompañamiento y la toma de decisiones con calma.
Diversos estudios señalan que el retraso en la maternidad y la paternidad puede aumentar la distancia entre el número de hijos que se desean y los que finalmente se tienen. No siempre se trata de una renuncia consciente, sino de un contexto que no siempre juega a favor.
Información para planificar con mayor conciencia
En un escenario como el actual, la información se convierte en una herramienta clave. Conocer cómo evoluciona la fertilidad con la edad, entender que la infertilidad es relativamente frecuente y saber que existen opciones de acompañamiento permite planificar con mayor conciencia y menos incertidumbre.
Hablar de fertilidad a partir de datos no debería generar alarma, sino claridad. Las estadísticas no dictan decisiones individuales, pero sí ayudan a desmontar mitos muy arraigados, como la idea de que siempre habrá tiempo o de que la fertilidad está garantizada independientemente de la edad.
Integrar la salud reproductiva en la planificación vital —igual que hacemos con otros aspectos importantes de nuestra vida— permite tomar decisiones más alineadas con nuestros deseos y circunstancias. Informarse y consultar no implica adelantar etapas, sino ampliar opciones y reducir la improvisación.
En un mundo en el que las trayectorias personales son cada vez menos lineales, contar con información fiable sobre fertilidad es, para mí, una forma de acompañar mejor y de decidir con mayor tranquilidad y libertad.
Otras fuentes consultadas

Iba a titular este post en pasado, pero me parecía demasiado arriesgado; creo que decir que la congelación de óvulos está dejando de ser un tabú es más acertado. Aunque no esté del todo conseguido, estamos en ello, y es una magnífica noticia que la sociedad avance, porque hace no mucho ya solo hablar de infertilidad podía sacar los rubores a más de una, y contar que había sido madre gracias a la reproducción asistida ni os cuento.
La congelación de óvulos ha estado presente en España desde la década de 1980, aunque inicialmente se consideraba un procedimiento experimental y controvertido. La Ley 35/1988 sobre Técnicas de Reproducción Asistida indicaba que “no se autorizará la crioconservación de óvulos con fines de Reproducción Asistida, en tanto no haya suficientes garantías sobre la viabilidad de los óvulos después de su descongelación.» El primer bebé que nació en España fruto de óvulos congelados lo hizo en septiembre de 2002 en Barcelona, y no estuvo exento de polémica, el Ministerio y la Conselleria de Sanidad abrieron un expediente informativo para investigar los hechos. En 2003 se modificó la disposición de la ley de 2022, el Real Decreto 120/2003 tenía por objeto “regular los requisitos para autorizar la realización de experiencias controladas, con fines reproductivos, de fecundación de ovocitos o tejido ovárico previamente congelados, relacionadas con las técnicas de reproducción humana asistida”.
En 2010, la Sociedad Española de Fertilidad (SEF) empezó a contabilizar el número de mujeres que congelaban sus óvulos, y registró 129. Ahora son cerca de 5.000 las que cada año deciden congelar sus óvulos, sin incluir en esta cifra las que lo hacen por motivos médicos, es decir, porque se van a someter a un tratamiento (generalmente quimioterapia o radioterapia), que puede condicionar su fertilidad. Este aumento en el número de mujeres que deciden preservar su fertilidad se debe, principalmente, a dos factores:
Estos dos factores han hecho que la congelación de óvulos haya pasado de ser un tema tabú a algo de lo que se habla con normalidad, a lo que han contribuido también las declaraciones de muchas famosas que han reconocido abiertamente que fueron retrasando la idea de ser madres hasta que se les hizo demasiado tarde. Este aumento indica también que en las consultas de ginecología se está empezando a explicar cómo se puede preservar la fertilidad, lo que, en mi opinión, es esencial, ya que la información permite a tomar mejores decisiones y más realistas sobre su salud reproductiva.
Como todos sabemos, España es el segundo país de la Unión Europea con la tasa de natalidad[1] más baja, lo que está directamente relacionado con la edad de la maternidad. Hay más mujeres que son madres con 40 años que con menos de 30, y teniendo en cuenta que la fertilidad de la mujer cae a partir de los 35 años, si muchas de las mujeres que se plantean ser madres a los 40 años hubieran congelado sus óvulos en una edad más temprana, podrían usar esos óvulos y tener las mismas posibilidades de éxito que si hubieran intentado quedar embarazadas a la edad a la que congelaron sus óvulos.
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