Decidir si queremos ser madres, y en qué momento es una de las decisiones más importantes y complejas a nivel vital. No existe un “momento perfecto” universal, ni una única forma correcta de vivir este proceso. Sin embargo, sí hay múltiples factores que pueden ayudarnos a reflexionar y a tomar una decisión más informada y alineada con nuestras circunstancias personales.
Este camino no siempre es lineal. A veces surge como un deseo claro, otras como una duda que se va construyendo con el tiempo. Y en muchos casos, se ve influido por aspectos biológicos, emocionales, sociales o profesionales que conviven entre sí.
El objetivo de este artículo no es dar respuestas cerradas, sino acompañar esa reflexión desde una mirada amplia, realista y sin juicios.
La edad biológica y la fertilidad: un factor importante, pero no único
Desde el punto de vista médico, la edad es uno de los factores que más influye en la fertilidad, especialmente en las mujeres. A partir de los 35 años, la reserva ovárica y la calidad de los ovocitos tienden a disminuir de forma más acelerada, lo que puede afectar a la probabilidad de embarazo y aumentar el riesgo de complicaciones¹.
En los hombres, aunque el impacto de la edad es más progresivo, también puede influir en la calidad del esperma y en el tiempo necesario para lograr una gestación².
Esto no significa que haya una “edad ideal” universal para ser madre o padre, sino que el tiempo biológico es un elemento a tener en cuenta dentro de la planificación reproductiva. La realidad es que cada persona llega a este punto en un momento distinto de su vida, y no siempre coincide con las expectativas sociales o personales.
Por eso es importante realizar revisiones médicas y contar con una valoración individualizada que permita conocer la situación de cada caso, ya que cada persona y cada proceso son distintos.
El momento personal y emocional: más allá de la biología
Más allá de los factores médicos, el momento vital juega un papel clave. La decisión de ser madre suele estar atravesada por preguntas como: ¿me siento preparada?, ¿qué deseo en este momento de mi vida?, ¿cómo encaja la maternidad en mi proyecto personal?
No existe una respuesta correcta, porque no se trata de cumplir un checklist, sino de entender cómo encaja la maternidad en la propia historia de vida. El bienestar emocional, la estabilidad personal y la sensación de apoyo (o no) pueden influir significativamente en cómo se vive la decisión, tanto antes como durante el proceso.
También es importante reconocer que la “preparación” total rara vez existe. Muchas personas describen la maternidad como un proceso que se construye sobre la marcha, más que como una decisión tomada desde la certeza absoluta.
Contexto social y profesional: una decisión que no se toma en solitario
La maternidad no ocurre en el vacío. El entorno social, económico y profesional influye de forma directa en cómo se plantea esta decisión. Aspectos como la estabilidad laboral, la conciliación, el acceso a recursos de apoyo o la red familiar disponible pueden condicionar tanto el momento como la forma de vivir la maternidad.
En muchos casos, la falta de medidas de conciliación o la presión laboral llevan a posponer la decisión. Esto es especialmente relevante en sociedades donde la maternidad tardía es cada vez más frecuente.
Comprender estos factores no implica que la decisión deba estar determinada por ellos, pero sí ayuda a contextualizarla y a reducir la sensación de responsabilidad individual exclusiva sobre algo que también es estructural.
Hoy en día, existen múltiples formas de construir una familia. La maternidad en pareja sigue siendo una de las más comunes, pero no es la única.
Cada vez más personas optan por la maternidad en solitario, una decisión que puede ser fruto de una elección consciente o del momento vital en el que se encuentran. En estos casos, los procesos de reproducción asistida pueden jugar un papel importante, siempre acompañados de asesoramiento médico y emocional adecuado.
También existen parejas que, tras dificultades para lograr el embarazo, recurren a técnicas de reproducción asistida como la inseminación artificial o la fecundación in vitro, entre otras opciones³. Hablar de estos caminos no implica compararlos, sino reconocer que la maternidad puede construirse de formas muy diversas, todas ellas válidas y legítimas.
Aunque existan factores médicos, sociales y profesionales que influyen, la decisión final es profundamente personal. En ocasiones, la presión externa o interna puede generar la sensación de que hay que decidir “a tiempo”. Sin embargo, cada historia es diferente, y no existe una única línea temporal válida.
Tomarse el tiempo para reflexionar, informarse y explorar las opciones disponibles puede ayudar a tomar una decisión más consciente y alineada con los propios deseos.
Referencias:
1. Ivi. (2025, 26 diciembre). Reserva ovárica: Qué es, cómo se mide y por qué es clave para tu fertilidad. IVI. https://ivi.es/blog/que-hormonas-determinan-la-reserva-ovarica/
2. Human Reproduction, Volume 38, Issue 10, October 2023, Pages 1861–1871, https://doi.org/10.1093/humrep/dead157
3. Sociedad Española de Fertilidad – SEF. (s. f.).
https://www.sefertilidad.net/?seccion=pacientesSEF&subSeccion=detalleTematico&id=xCyL5nuQjMbBT1capm-_0Ssg8G2mnnddITTF5QcyjGs

Cuando hablamos de fertilidad, pocas veces lo hacemos desde los datos. Normalmente lo hacemos desde la experiencia personal, desde lo que vemos a nuestro alrededor o desde aquello que damos por hecho: que cuando llegue el momento, todo irá bien. Sin embargo, las estadísticas actuales sobre fertilidad nos invitan a mirar esta realidad con un poco más de perspectiva.
La fertilidad se ha convertido en uno de los grandes temas de nuestro tiempo, no solo por su impacto demográfico, sino porque influye directamente en decisiones vitales tan importantes como cuándo y cómo formar una familia. Hoy, tener hijos ya no responde a un patrón único ni predecible. Los ritmos han cambiado, las circunstancias también, y la biología —aunque sigue ahí— a menudo queda en un segundo plano.
Hablar de datos no es hablar de presión. Para mí, es una forma de ofrecer contexto y acompañar mejor las decisiones que cada persona toma a lo largo de su vida reproductiva.
La fertilidad en el mundo: una tendencia a la baja
A nivel global, la tasa de fecundidad —el número medio de hijos por mujer— ha disminuido de forma sostenida en las últimas décadas. Según organismos internacionales como el Banco Mundial o la Comisión Europea, la fecundidad mundial se sitúa actualmente en torno a los 2,3 hijos por mujer.
Esta tendencia no es homogénea, pero sí muy clara en Europa. En la Unión Europea, la tasa de fecundidad alcanzó en 2023 uno de sus mínimos, situándose en torno a 1,38 nacimientos por mujer. Son cifras que a menudo se asocian a debates sobre envejecimiento poblacional o sostenibilidad económica, pero que en realidad reflejan algo mucho más cercano: cada vez más personas tienen menos hijos de los que imaginaban o retrasan la decisión de tenerlos hasta etapas más avanzadas de la vida.
Detrás de estos números hay historias personales, decisiones meditadas y, en muchos casos, circunstancias que no siempre dependen de un deseo consciente de posponer la maternidad o la paternidad.
Retraso en la maternidad: una tendencia consolidada
Uno de los factores que más claramente explica el descenso de la natalidad es el retraso en la edad a la que se tiene el primer hijo. En países como España o Italia, el primer hijo llega hoy, de media, en torno a los 32 años.
Este retraso responde a muchos factores que forman parte de nuestra realidad cotidiana: más años dedicados a la formación, inestabilidad laboral en las primeras etapas profesionales, dificultades para acceder a una vivienda o mayores exigencias de conciliación. La maternidad ya no se vive como un punto de partida, sino como una decisión que requiere una base sólida previa.
Lo que a veces olvidamos es que la fertilidad biológica sigue un ritmo distinto. A partir de determinadas edades, la probabilidad de concebir disminuye progresivamente, incluso en personas sin problemas de salud aparentes. Este desfase entre el calendario social y el biológico tiene un impacto directo en la planificación familiar y explica por qué muchas personas se enfrentan a dificultades que no esperaban.
Infertilidad: una realidad frecuente y global
En este contexto, la infertilidad emerge como un factor clave que con frecuencia se subestima. Según la Organización Mundial de la Salud, aproximadamente una de cada seis personas en el mundo experimenta infertilidad a lo largo de su vida. Este dato ayuda a normalizar una realidad que durante mucho tiempo se ha vivido en silencio.
La infertilidad puede afectar tanto a mujeres como a hombres y no distingue entre países ni niveles de ingresos. Muchas personas descubren que concebir no es inmediato cuando deciden buscar un embarazo, y en esos casos el tiempo vuelve a convertirse en un elemento decisivo. Iniciar la búsqueda en edades más avanzadas puede reducir el margen para el diagnóstico, el acompañamiento y la toma de decisiones con calma.
Diversos estudios señalan que el retraso en la maternidad y la paternidad puede aumentar la distancia entre el número de hijos que se desean y los que finalmente se tienen. No siempre se trata de una renuncia consciente, sino de un contexto que no siempre juega a favor.
Información para planificar con mayor conciencia
En un escenario como el actual, la información se convierte en una herramienta clave. Conocer cómo evoluciona la fertilidad con la edad, entender que la infertilidad es relativamente frecuente y saber que existen opciones de acompañamiento permite planificar con mayor conciencia y menos incertidumbre.
Hablar de fertilidad a partir de datos no debería generar alarma, sino claridad. Las estadísticas no dictan decisiones individuales, pero sí ayudan a desmontar mitos muy arraigados, como la idea de que siempre habrá tiempo o de que la fertilidad está garantizada independientemente de la edad.
Integrar la salud reproductiva en la planificación vital —igual que hacemos con otros aspectos importantes de nuestra vida— permite tomar decisiones más alineadas con nuestros deseos y circunstancias. Informarse y consultar no implica adelantar etapas, sino ampliar opciones y reducir la improvisación.
En un mundo en el que las trayectorias personales son cada vez menos lineales, contar con información fiable sobre fertilidad es, para mí, una forma de acompañar mejor y de decidir con mayor tranquilidad y libertad.
Otras fuentes consultadas

En el último año se ha hablado mucho del método ROPA, y más desde que la conocida influencer Dulceida anunciara su embarazo con los óvulos de su mujer gracias a esta técnica. Por eso hoy os quiero hablar del método ROPA, la técnica de reproducción asistida con dos madres, porque no hay nada peor que la desinformación o los bulos, y más en temas de salud.
La primera duda que surge es ¿de dónde sale ese nombre? Pues bien, lo hace de las siglas en inglés de “Reception of Oocytes from Partner” (Recepción de Óvulos de la Pareja), y consiste exactamente en eso, en que una mujer, la que va a estar embarazada, recibe los óvulos de su pareja fecundados con el esperma de un donante. De este modo, ambas mujeres son una parte importante de la gestación de su hijo, una es la madre genética y la otra la madre gestante.
Las tasas de éxito del método ROPA suelen ser más altas que las de la Fecundación in Vitro, que, según la SEF son de un 34-35% en las mujeres menores de 40 años y de un 24 % en las mujeres mayores de 40 años. Esto se debe a que las parejas que deciden realizar esta técnica de reproducción asistida suelen ser más jóvenes y no tienen ningún problema para quedarse embarazadas, por lo que algunas clínicas aseguran que la tasa de éxito del método ROPA es de un 60% o superior.
¿Y cómo funciona esta maternidad compartida? Lo primero que hay que hacer es determinar cuál de las mujeres va a ser la donante de óvulos, lo que se decide después de un examen ginecológico completo a ambas y de las preferencias de la pareja. Lo más aconsejable es que la donante tenga menos de 35 años, y hay que tener en cuenta su reserva ovárica y el resultado de su hormona antimulleriana. La madre gestante, por su parte, debe gozar de buena salud, no presentar ninguna patología uterina, como miomas o pólipos que puedan dificultar la implantación en el endometrio, ni diabetes o hipertensión, que pueden afectar tanto a la madre como al feto.
La mujer que vaya a aportar sus óvulos empieza la estimulación ovárica, que consiste en unas inyecciones de hormonas diarias (que puede ponerse ella misma o su pareja) durante unos 10 días. Con esta estimulación se consiguen varios óvulos, en lugar de uno solo, que es lo que produce una mujer en un ciclo regular. Una vez que los óvulos de la madre genética han alcanzado el tamaño adecuado, se le realiza la punción ovárica para extraerlos, un procedimiento que se lleva a cabo bajo sedación para minimizar las molestias. Los óvulos extraídos se fecundan con esperma de un donante en el laboratorio, y los embriones resultantes se cultivan durante unos días hasta que alcanzan el estadio óptimo para la transferencia.
En paralelo, la madre gestante comienza la preparación endometrial, que consiste en un tratamiento hormonal para para acondicionar su endometrio y aumentar así las probabilidades de implantación. Cuando su útero está preparado, se transfiere el embrión de más calidad mediante un procedimiento sencillo e indoloro y tras el que puede irse a casa. Entonces toca esperar, llegan esos días conocidos como betaespera, que es el tiempo que pasa entre la transferencia embrionaria y la prueba de embarazo. Esta se realiza mediante una analítica de sangre, que es mucho más fiable que la de orina, y si sale positiva se confirma a los 20 días, aproximadamente, mediante una ecografía. Llegado este momento, el embarazo llevaría los mismos controles que uno que se haya producido de forma natural.
Los embriones que no se han transferido a la paciente se conservan mediante un proceso de vitrificación, para poder ser usados en caso de no lograrse un embazado en el primer intento o por si la pareja quisiera tener más bebés.
Uno de los factores que más preocupan a las mujeres es la elección del donante de semen; en España las receptoras no pueden participar en esta elección, esto lo realiza el equipo médico tras hacer una serie de pruebas médicas y genéticas exhaustivas para asegurar la salud y calidad del esperma. En este proceso, el equipo también selecciona donantes con una similitud física a las mujeres o tenido en cuenta sus preferencias.
No podemos olvidar la parte emocional, ya que hay casos en los que, una vez dado a luz, la madre gestante puede sentir que el bebé es menos suyo al no llevar su carga genética, del mismo modo que la madre genética puede sentir que es menos suyo al no haberlo parido. Como en todos los casos en lo que se el embarazo se logra gracias a técnicas de reproducción asistida, es aconsejable acudir a terapia para trasladar todos los miedos que puedan surgir antes, durante, y después del proceso. En el caso de la madre gestante, aunque es cierto que el bebé no lleva su carga genética, es importante destacar que el embrión se desarrolla en su cuerpo y que todos los nutrientes que tome se ponen a disposición del desarrollo y crecimiento de ese bebé y que, en esos 9 meses en el líquido amniótico, su expresión génica vendrá determinada desde el útero materno.
Como digo siempre, gracias a los avances de la ciencia hemos conseguido lo impensable hace tan solo unos años, que una pareja formada por mujeres sean madres, ambas, de un bebé, con los mismos derechos y responsabilidades.

Iba a titular este post en pasado, pero me parecía demasiado arriesgado; creo que decir que la congelación de óvulos está dejando de ser un tabú es más acertado. Aunque no esté del todo conseguido, estamos en ello, y es una magnífica noticia que la sociedad avance, porque hace no mucho ya solo hablar de infertilidad podía sacar los rubores a más de una, y contar que había sido madre gracias a la reproducción asistida ni os cuento.
La congelación de óvulos ha estado presente en España desde la década de 1980, aunque inicialmente se consideraba un procedimiento experimental y controvertido. La Ley 35/1988 sobre Técnicas de Reproducción Asistida indicaba que “no se autorizará la crioconservación de óvulos con fines de Reproducción Asistida, en tanto no haya suficientes garantías sobre la viabilidad de los óvulos después de su descongelación.» El primer bebé que nació en España fruto de óvulos congelados lo hizo en septiembre de 2002 en Barcelona, y no estuvo exento de polémica, el Ministerio y la Conselleria de Sanidad abrieron un expediente informativo para investigar los hechos. En 2003 se modificó la disposición de la ley de 2022, el Real Decreto 120/2003 tenía por objeto “regular los requisitos para autorizar la realización de experiencias controladas, con fines reproductivos, de fecundación de ovocitos o tejido ovárico previamente congelados, relacionadas con las técnicas de reproducción humana asistida”.
En 2010, la Sociedad Española de Fertilidad (SEF) empezó a contabilizar el número de mujeres que congelaban sus óvulos, y registró 129. Ahora son cerca de 5.000 las que cada año deciden congelar sus óvulos, sin incluir en esta cifra las que lo hacen por motivos médicos, es decir, porque se van a someter a un tratamiento (generalmente quimioterapia o radioterapia), que puede condicionar su fertilidad. Este aumento en el número de mujeres que deciden preservar su fertilidad se debe, principalmente, a dos factores:
Estos dos factores han hecho que la congelación de óvulos haya pasado de ser un tema tabú a algo de lo que se habla con normalidad, a lo que han contribuido también las declaraciones de muchas famosas que han reconocido abiertamente que fueron retrasando la idea de ser madres hasta que se les hizo demasiado tarde. Este aumento indica también que en las consultas de ginecología se está empezando a explicar cómo se puede preservar la fertilidad, lo que, en mi opinión, es esencial, ya que la información permite a tomar mejores decisiones y más realistas sobre su salud reproductiva.
Como todos sabemos, España es el segundo país de la Unión Europea con la tasa de natalidad[1] más baja, lo que está directamente relacionado con la edad de la maternidad. Hay más mujeres que son madres con 40 años que con menos de 30, y teniendo en cuenta que la fertilidad de la mujer cae a partir de los 35 años, si muchas de las mujeres que se plantean ser madres a los 40 años hubieran congelado sus óvulos en una edad más temprana, podrían usar esos óvulos y tener las mismas posibilidades de éxito que si hubieran intentado quedar embarazadas a la edad a la que congelaron sus óvulos.

Me habéis leído muchas veces hablar de la importancia de tomar decisiones a tiempo para no arrepentirnos en el futuro, y de lo importante que es tener información veraz para esto. Cuando os hablo de la congelación de óvulos y de la ventaja que supone para las mujeres poder elegir en que momento ser madres sin depender del reloj biológico, normalmente lo hago pensado en mujeres que no tienen hijos, pero que quieren tenerlos más adelante, no suelo hablar de la posibilidad de congelar óvulos después de haber sido madre. Sin embargo, hay muchas mujeres que, ya teniendo un hijo y queriendo tener más, quieren retrasar esa segunda maternidad, bien sea por cuestiones personales, laborales, o cualquier otra circunstancia.
Para algunas mujeres, el hecho de convertirse en madre no satisface todas sus necesidades reproductivas. Después de experimentar la maternidad, algunas pueden darse cuenta de que desean tener más hijos, pero las circunstancias actuales no se lo permiten. Congelar óvulos podría ser una opción para preservar la fertilidad y la capacidad de tener más hijos más adelante. Esta decisión puede estar influenciada por varios factores; uno de ellos es el deseo de ampliar la familia en el futuro, ya sea con una nueva pareja o simplemente para dar a los hijos actuales hermanos biológicos. También puede haber consideraciones médicas, como un diagnóstico de enfermedad que podría afectar la fertilidad en el futuro o una infertilidad secundaria, o bien por la edad de la mujer, ya sabemos que a partir de los 35 años la fertilidad disminuye considerablemente.
La idea de congelar óvulos después de haber sido madre genera muchas dudas, aunque es un tema del que se habla poco. ¿Es posible congelar óvulos teniendo ya hijos?, ¿puede condicionar mi fertilidad futura? Para la primera pregunta la respuesta es sí, en este sentido no hay ninguna diferencia entre una mujer que ha tenido hijos previamente y una que no, el procedimiento es el mismo y las recomendaciones también: es aconsejable hacerlo antes de los 35 años, de esta forma los ovocitos serán conservados con sus características originales para su uso futuro. A partir de los 38 años se produce una pérdida en la calidad ovocitaria, es decir, la reserva de óvulos en el ovario disminuye, y su maduración se ve afectada, lo que resulta en una menor probabilidad de embarazo y un mayor riesgo de anomalías cromosómicas que pueden llevar a un aborto o al desarrollo de alguna enfermedad. Las mujeres de menos de 35 años tienen más posibilidades de lograr un embarazo y que este llegue a término, y a la hora de congelar estos óvulos, se obtendrán más y de mejor calidad gracias a la estimulación ovárica.
En cuanto a la segunda pregunta, congelar óvulos no afecta a la fertilidad futura, lo que se explica por el funcionamiento del ovario femenino. Al inicio de cada ciclo menstrual, el ovario selecciona entre 10 y 20 óvulos, pero solo uno de ellos alcanzará la madurez para la ovulación. Los demás óvulos se pierden de manera natural. Esta pérdida ocurre de forma regular cada mes, sin importar si la mujer está tomando anticonceptivos.
En un ciclo de congelación de óvulos, lo que se hace es preservar esos óvulos que, en un ciclo menstrual normal, se perderían. Por tanto, la congelación de óvulos no reduce la fertilidad, ni afecta la reserva de óvulos, ni adelanta la menopausia ni desencadena una menopausia precoz. Es decir, que una mujer que ha congelado sus óvulos para tener cierta tranquilidad futura se podría quedar embarazada de forma natural independientemente de si hubiera congelado óvulos o no.
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