
Hablar de fertilidad suele llevarnos a pensar en el funcionamiento del ciclo menstrual, la ovulación, la edad o los hábitos de vida. Sin embargo, cuando una persona empieza a plantearse un embarazo, también pueden aparecer dudas, expectativas y emociones que forman parte del proceso. Y cuando el embarazo no llega como se esperaba o es necesario recurrir a un tratamiento de reproducción asistida, esta dimensión emocional puede adquirir todavía más peso.
La infertilidad es una realidad que afecta a millones de personas. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), aproximadamente una de cada seis personas en edad reproductiva experimenta infertilidad a lo largo de su vida¹. Más allá de sus implicaciones médicas, puede tener consecuencias sobre el bienestar emocional, las relaciones personales y la calidad de vida. De hecho, la evidencia científica muestra una mayor presencia de síntomas de ansiedad, depresión y estrés entre las personas que atraviesan problemas de fertilidad².
Por eso, cuidar la fertilidad también significa prestar atención a cómo nos sentimos durante este proceso. No se trata de evitar las emociones negativas ni de afrontar la búsqueda de un embarazo con una actitud permanentemente positiva, sino de reconocerlas, entender que pueden aparecer y saber cuándo puede ser útil buscar apoyo.
Cuando la búsqueda de un embarazo también genera emociones
Decidir buscar un embarazo puede vivirse con ilusión, pero también puede despertar incertidumbre. Preguntas como “¿cuánto tardaremos?”, “¿estará todo bien?” o “¿y si no lo conseguimos?” pueden aparecer incluso antes de que exista un problema de fertilidad.
Cuando pasan los meses y el embarazo no llega, estas preocupaciones pueden intensificarse. La incertidumbre sobre las causas, las pruebas médicas, los tiempos de espera o las decisiones que deben tomarse pueden generar sensación de pérdida de control. En quienes necesitan tratamientos de reproducción asistida, además, el proceso puede implicar consultas, pruebas, medicación y diferentes decisiones en torno al tratamiento, lo que puede añadir una carga emocional.
No todas las personas viven este proceso de la misma manera. Algunas pueden sentir tristeza, frustración o ansiedad; otras pueden experimentar momentos de esperanza e ilusión junto con otros de cansancio o preocupación. Todas estas emociones pueden coexistir y cambiar a lo largo del tiempo.
La presión por conseguir un embarazo también puede pesar
A las dificultades propias del proceso pueden sumarse factores externos. Comentarios de familiares o amigos, preguntas sobre cuándo llegará un bebé, anuncios de embarazos o la sensación de que otras personas avanzan mientras una sigue esperando pueden resultar difíciles de gestionar.
También es importante recordar que la responsabilidad de la fertilidad no recae exclusivamente sobre ellas. Las causas de infertilidad pueden estar relacionadas con factores femeninos, masculinos, una combinación de ambos o permanecer sin explicación3. Hablar de fertilidad desde una perspectiva compartida ayuda a evitar que las mujeres carguen de manera injusta con toda la responsabilidad del proceso.
Por eso, cuidar el bienestar emocional también puede significar establecer límites: decidir cuándo se quiere hablar del tema, pedir a nuestro entorno que evite determinados comentarios o reservar espacios en los que la fertilidad no sea el centro de la conversación.
La relación de pareja también puede verse afectada
Cuando la búsqueda de un embarazo forma parte de un proyecto compartido, las emociones pueden influir también en la relación de pareja. La incertidumbre, las expectativas diferentes o el cansancio asociado a las pruebas y tratamientos pueden generar momentos de tensión.
Además, cuando las relaciones sexuales empiezan a estar muy vinculadas al momento del ciclo o a las recomendaciones médicas, la espontaneidad puede verse afectada. Hablar de cómo se siente cada persona puede ayudar a evitar que las preocupaciones se vivan en silencio. No es necesario experimentar las mismas emociones ni afrontarlas de la misma manera. Compartirlas, escucharse y recordar que el objetivo es común puede facilitar que ambos miembros de la pareja se sientan acompañados.
Prestar atención al bienestar emocional no significa intentar controlar las emociones ni pensar que hay que estar tranquila para conseguir un embarazo. De hecho, no existe evidencia que permita afirmar que el estrés cotidiano sea por sí mismo la causa de la infertilidad. La fertilidad depende de numerosos factores médicos y biológicos, y simplificarla como una cuestión de “relajarse” puede generar todavía más presión.
El objetivo es otro: encontrar formas saludables de afrontar la incertidumbre y proteger el bienestar durante el proceso.
Algunas estrategias pueden ayudar:
Las guías de la Sociedad Europea de Reproducción Humana y Embriología (ESHRE) recomiendan que la atención a las necesidades psicosociales forme parte del acompañamiento de las personas que atraviesan problemas de infertilidad y tratamientos de reproducción asistida. Estas necesidades pueden incluir aspectos emocionales, pero también sociales, relacionales y relacionados con la información y la toma de decisiones4.
La fertilidad puede formar parte de un proyecto de vida importante, pero no debería ocupar todo el espacio de nuestra vida. Sentir ilusión y miedo, esperanza y frustración, tranquilidad y preocupación en diferentes momentos no significa que estemos afrontando mal el proceso.
Referencias:
En “Madre hay más que una” Samanta Villar habla abiertamente de la maternidad y la infertilidad, de su paso por los tratamientos de reproducción asistida hasta convertirse en madre de mellizos, y desmitifica la imagen idílica que se tiene en la sociedad sobre la maternidad.Todos hemos oído mil y una veces eso de “madre no hay más que una”, y hoy os vengo a hablar justo de lo contrario, de “Madre hay más que una” un libro de Samanta Villar donde relata, en primera persona, cómo fue su maternidad. Afortunadamente, cada vez son más las mujeres que hablan abiertamente de una maternidad “no tan idílica” como nos la venden, así como de la infertilidad, y libros como este son de gran utilidad.
Además, en el caso de Samanta Villar, se juntó su edad, cuando decidió ser madre era “demasiado mayor”, con un problema de infertilidad. En su caso, con 41 años y tras 4 largos años, consiguió ser madre de mellizos gracias a una donación de óvulos.
Y yo me pregunto, ¿y si hubiera decidido congelar sus óvulos cuando estos aún eran fértiles? Probablemente su camino hacia la maternidad habría sido algo más corto y sencillo, además de menos costoso. Nos sigue faltando información, y la información, como digo siempre, es poder. Estoy segura de que muchas mujeres habrían congelado sus óvulos de haber conocido esta opción, y más si hubieran sido conscientes de cómo va disminuyendo su fertilidad a partir de los 35 años.
Samanta Villar piensa y dice lo que muchas mujeres pensamos y no decimos, que ojalá nos hubieran informado de que nacemos con un número de óvulos limitado, y de que las probabilidades de lograr un embarazo de forma natural se reducen a partir de los 35 años, pero que nos lo dicen poco, y que muchas mujeres no son conscientes de que su capacidad reproductiva tiene límites, pero que, gracias a la ciencia, podemos ganar tiempo a nuestro reloj biológico.
La infertilidad o esterilidad es una enfermedad que afecta al 17,5% de los adultos en todo el mundo, lo indica la OMS en un informe publicado en abril de este mismo año. Uno de los factores de esta incidencia es la edad de la maternidad, y España es uno de los países europeos en los que las mujeres tienen su primer hijo más tarde, la media se sitúa en 33 años. Los factores por los que la edad de la maternidad se va retrasando son principalmente sociales; la mayoría de mis amigas no ha tenido una estabilidad económica hasta bien cumplidos los 30, y con unos sueldos algo ajustados, el acceso a la vivienda tampoco es fácil para los jóvenes y podría decir que encontrar una pareja con la que formar una familia es cada vez más difícil, y hay muchas mujeres que no se plantean ser madres sin tener pareja.
Hoy os recomiendo este libro porque cuenta, en primera persona y sin tapujos, todo el proceso que vivió antes de que nacieran sus hijos, habla abiertamente de la infertilidad, un tabú para muchas mujeres, acompañado, en muchas ocasiones, de un sentimiento de culpa. Leyéndola eres consciente de lo que siente y piensa una mujer que está intentando quedarse embarazada; ya que detalla desde su diagnóstico de infertilidad hasta el momento del parto, pasando por el duelo de una pérdida, los altibajos emocionales, además de testimonios de otras mujeres o parejas que han recurrido a la reproducción asistida para formar una familia.
En un lenguaje cercano y natural nos habla de términos tan científicos como la hormona antimulleriana, los folículos o la reserva ovárica, términos habituales en una consulta de fertilidad pero que suenan a chino la primera vez que los escuchas, términos que estaría bien haber escuchado antes.
Fuera de las polémicas que generó el libro, relacionadas con más bien con el post parto, que ella califica como un tsunami, yo me quedo con la parte de la gestación, y de los aprendizajes que se pueden sacar de aquí.
Las mujeres que han pasado por un tratamiento de reproducción asistida se sentirán identificadas, sin duda, pero no solo ellas, creo que este libro puede ayudar a que las mujeres nos tomemos más en serio la fertilidad, y no solo desde el momento en que deseamos ser madres, sino antes, pidiendo pruebas, tan sencillas como una analítica o una ecografía, antes de que nuestro reloj biológico nos avise.
Y para despedirme me quedo con un mensaje que la autora quiere transmitir a todas las mujeres o parejas que están pasando por un tratamiento de reproducción asistida, y es la intentar vivirlo lo más en paz posible y sin ansiedad.
Afortunadamente, cada vez se habla más de las necesidades de las pacientes de reproducción asistida a nivel emocional, ya que puede ser un proceso largo, con bastantes altibajos emocionales, en los que la ayuda psicológica es fundamental.
Hemos hablado con Concha Cristóbal, enfermera y subdirectora de gestión de IVI Madrid, sobre las necesidades de las pacientes que pasan por este proceso, no solo a nivel físico sino emocional. “Cuando una mujer o una pareja comienza un tratamiento de fertilidad”, explica, “tiene muchos miedos, el miedo a no conseguir un embarazo, el miedo a tomar decisiones complejas y el miedo al dolor por los tratamientos.”
Cuidar la salud mental de las pacientes es esencial desde que se realiza un diagnóstico de esterilidad o infertilidad, ya que la ansiedad, la depresión y el estrés se dan con frecuencia en mujeres y parejas a las que se les ha diagnosticado infertilidad o esterilidad[1].
En primer lugar, hay un duelo, ya que hay es necesario aceptar que no van a poder tener un bebe del modo que les habría gustado; en ocasiones, además hay un fuerte sentimiento de culpa.
Los psicólogos de los centros de reproducción asistida realizan un acompañamiento desde el primer día para ayudar a controlar la cascada de emociones que se derivan de los tratamientos, principalmente en la mujer.
El acompañamiento, tanto por parte de profesionales sanitarios como del entorno más cercano, así como ponerse en contacto con personas que están pasando por el mismo proceso, así como manejar las expectativas son algunas de las claves para que la infertilidad afecte lo menos posible a las mujeres o parejas que no consiguen tener un bebé de forma natural.
La Sociedad Española de Fertilidad tiene una Guía de evaluación, consejo, apoyo e intervención psicológica en Reproducción asistida, destinada a los profesionales sanitarios que trabajan con parejas con problemas de fertilidad para que les sirva de apoyo a la hora de ofrecer un soporte psicológico en todo el proceso.
[1]https://www.cambridge.org/core/journals/advances-in-psychiatric-treatment/article/infertility-and-mental-health/12C29995CD4A52912CF84503C721EB62
El propósito de esta página web es proporcionar información educativa.
Consulta siempre a tu médico si estás preocupada por tu salud.
Las imágenes y vídeos que se muestran en esta página web corresponden a pacientes que han otorgado su consentimiento expreso, informado y por escrito para su publicación, de conformidad con el Reglamento (UE) 2016/679 (RGPD) y la Ley Orgánica 3/2018. Dichas imágenes se utilizan exclusivamente con fines informativos y divulgativos.